La clave del cultivo tradicional: el llenado de las balsas de agua

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Las balsas de agua se han convertido en una pieza estratégica para la agricultura de regadío. Más aún, si se tiene en cuenta el invierno excepcionalmente lluvioso que se ha registrado en amplias zonas de Andalucía. 

Estas infraestructuras, a menudo poco visibles fuera del ámbito agrario, cumplen una función decisiva en la gestión del agua disponible, especialmente cuando llegan los meses de menor precipitación y aumenta la demanda hídrica de las explotaciones.

La utilidad principal de estas infraestructuras centenarias es almacenar agua en momentos de abundancia para poder garantizar el riego cuando los aportes naturales disminuyen, aunque para ello es clave apostar por la correcta impermeabilización de balsas de agua para riego y almacenamiento

A diferencia del riego directo desde cauces o sondeos, estas soluciones permiten regular el suministro, adaptar los turnos de riego a las necesidades reales de los cultivos y mantener una mayor estabilidad en la planificación de las campañas. “Esta capacidad de regulación es especialmente relevante en sistemas productivos intensivos, donde una interrupción puntual del riego puede tener consecuencias directas sobre el rendimiento y la calidad de las cosechas”, explican desde Cinat.

Una recarga de agua natural durante este invierno

Las lluvias de este invierno han tenido un doble efecto positivo en gran parte del territorio andaluz. 

Por un lado, han favorecido la recarga de los acuíferos subterráneos, que constituyen una de las principales reservas estratégicas de agua para el campo. Por otro, han permitido llenar de forma significativa numerosas balsas de riego que llevaban varias campañas funcionando con niveles muy reducidos. 

En zonas agrícolas ligadas a la cuenca del Guadalquivir, este aporte de agua superficial y de escorrentía ha sido clave para recuperar volúmenes de almacenamiento que no solo garantizan el riego inmediato, sino que aportan seguridad para los meses más secos del año.

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Desde el punto de vista de la gestión, no funcionan de forma aislada. Su explotación está integrada dentro de sistemas organizados de distribución del agua, generalmente coordinados por comunidades de regantes y supervisados por organismos de cuenca. 

Estas entidades son las encargadas de regular las concesiones, establecer los volúmenes disponibles y coordinar la derivación de los caudales hacia las distintas infraestructuras de almacenamiento y redes de riego.

La organización del uso de las balsas se basa en una planificación previa de la campaña. A partir de la disponibilidad real de agua almacenada y de las previsiones de aportes, se diseñan turnos de riego, dotaciones por hectárea y calendarios de apertura de tomas. En muchos regadíos modernos, esta gestión se apoya en sistemas de telecontrol y automatización que permiten abrir y cerrar válvulas, medir consumos y ajustar presiones de forma remota, optimizando así el uso de cada metro cúbico almacenado.

La derivación del riego desde las balsas hacia las parcelas se realiza normalmente a través de redes de tuberías presurizadas o canales secundarios. El agua se impulsa desde la balsa principal a cabeceras, desde donde se distribuye a cada explotación según los turnos asignados, lo que permite, con esta campaña de abundante agua, garantizar la cosecha en zonas que, tradicionalmente, tenían problemas por no recibir tampoco el agua de los deshielos.

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