Y el cielo silbó a la ‘viuda de Hollywood’, Lauren Bacall

MATEO SANCHO CARDIEL (AGENCIA EFE)

  • Su matrimonio con Humphrey Bogart y el temprano fallecimiento de éste le granjeó el apelativo de viuda de Hollywood.
  • Fue una trabajadora infatigable y demostró su compromiso político al oponerse a la ‘caza de brujas’ de McCarthy.
  • Su carrera en el cine y el teatro le hizo ganar dos premios Tony, un Oscar honorífico, un Cecil B. DeMille y otros galardones.
  • Al recibir el Oscar dijo: «Por fin, ¡un hombre!».

Humprey Bogart y Lauren Bacall

Lauren Bacall ha muerto a los 89 años, pero durante medio siglo fue la viuda de Hollywood gracias o por culpa de su matrimonio con Humphrey Bogart, que le aseguró su lugar en la historia pero eclipsó una trayectoria jalonada con dos premios Tony, un National Book Award y un puñado de obras maestras del cine.

Cuando tenía Lauren Bacall tenía 19 años y estaba promocionando en Nueva York su primera película, Tener y no tener, rodeada de su futuro marido, Humphrey Bogart y según un texto de Ernest Hemingway, el dramaturgo Moss Hart se le acercó y le dijo: «Te das cuenta, por supuesto, que a partir de ahora solo puedes ir hacia abajo, ¿verdad?».

Hart se equivocó. Lauren Bacall, «la flaca» como se la conocía en Hollywood, tenía mucho más que decir que aquel diálogo en el que le propinaba a Bogart como una cariñosa bofetada: «No tienes que actuar conmigo. No tienes que decir nada ni hacer nada. O tal vez, solo silbar. Sabes cómo silbar, ¿verdad Steve? Solo junta los labios y silba»

Le quedaba por delante una vida tan llena de etapas que parecía imposible que la Bacall que hasta hace no tanto salía a pasear a su perrita Sophie por las inmediaciones del edificio Dakota en Nueva York era todavía la mujer que enamoró al protagonista de un filme tan lejano como Casablanca. Entre ambas imágenes, el mundo había dejado de ser lo que era.

«¡Qué vida!», exclamó ella misma en 1993 cuando recibió el premio Cecil B. DeMille a toda una trayectoria en los Globos de Oro y, sí, no se puede resumir mejor que en esas dos palabras.

Una vida tan interesante que su autobiografía de 1978 By Myself le reportó el National Book Award, y tan duradera que en el año 1994 escribió otra titulada Now, a la que tuvo que añadir un anexo en 2005.

Lauren Bacall, nacida el 16 de septiembre de 1924 en el Bronx (Nueva York) con el nombre de Betty Joan Perske, tenía sangre judía polaca (era la prima de Shimon Peres) y rumana, y superada una inicial vocación de periodista, enfocó su carrera a la interpretación.

«Nunca fui adolescente», le dijo a Terenci Moix en una entrevista en la que se definió como «muy vulnerable y muy insegura».

Ninguna inseguridad tuvieron los de la Warner Brothers en cuanto vieron su sinuoso físico, su mirada felina y una voz como si hubiese nacido con un cigarrillo y un whisky con hielo. De inmediato le reservaron una entrada por todo lo alto como «mujer fatal» de Bogart. Howard Hawks fue el que le propuso que se llamara Lauren. Y Bacall era el apellido de su madre.

Tras el explosivo debut llegaron tres películas más: El sueño eterno, con guión de Raymond Chandler; La senda tenebrosa, de Delmer Daves, y Cayo Largo, de John Houston. Y Bogart y Bacall se convertían en una pareja comprometida contra la caza de brujas del senador McCarthy. Sin embargo, Hollywood se preguntaba, ¿existe Bacall sin Bogart?

Ella siempre reconoció su prioridad como esposa que como estrella y se rió de esa imagen proyectada en su primera etapa. «Si hay algo que nunca he sido ha sido misteriosa, y si hay algo que nunca he hecho, ha sido no hablar», reconocería. Y no acabó en buenos términos con una Warner esclavizadora.

Así, fue la comedia locuaz sofisticada de Cómo casarse con un millonario o Mi desconfiada esposa el camino de la emancipación artística de Bacall, o el de la evasión mientras Bogart caía enfermo y la dejaba viuda con solo 32 años.

También una relación de transición nada menos que con Frank Sinatra, el hombre del que dijo que le gustaría «que se callara y cantara», y profesionalmente tuvo un elegante coqueteo con el melodrama de Douglas Sirk en Escrito en el viento.

Cambió Hollywood y el cine por Nueva York y el teatro

Cuatro años después de la muerte de Bogart, y a pesar de que llegó a anunciar segundas nupcias con Sinatra, fue Jason Robards Jr., otro bebedor empedernido, el que sedujo su corazón. El que no fue capaz de enamorarse de nuevo fue el cine y Lauren Bacall se recogió en su Nueva York natal para enfocar su carrera en Broadway.

El Óscar al que nunca la nominaban fue compensado con dos premios Tony por dos musicales irónicamente basados en filmes del Hollywood clásico: «Applause», en la que interpretó el personaje de su admirada Bette Davis en Eva al desnudo; y La mujer del año, en la que retomó el papel de su amiga Katharine Hepburn en la película del mismo título.

Y sobre el escenario, su elegancia resultó todavía más evidente, su energía sorprendente y su voz al cantar reproducía la sensualidad ronca que siempre tuvo. Bacall resucitó como dama del teatro. «El musical ha sido para mí una nueva oportunidad, como volver a nacer», dijo entonces al verse, por fin, como una estrella por sí misma. Ese «By Myself» que dio nombre a su biografía.

Pero cuando la vida de Lauren Bacall parecía que ya solo quedaba para cosechar premios honoríficos (el Donostia de San Sebastián, el citado Cecil B. DeMille o el reconocimiento del Festival de Berlín en los noventa), Lauren Bacall pidió una nueva prórroga y, con un coqueto papel de anciana en El amor tiene dos caras, de Barbra Streisand, fue nominada por primera vez al Óscar en 1997.

Todo el mundo daba por hecho que se llevaría la estatuilla, incluida Juliette Binoche, la que finalmente ganó. Y, si bien Bacall dio la peor interpretación de su carrera al intentar disimular la decepción de su derrota (su hijo, directamente, abandonó la sala), su carrera se revitalizó.

«¿Qué significa eso de mi edad? ¿Qué edad? Trabajar no es cuestión de edad. Seguir trabajando significa seguir con vida», le respondió a un periodista en Berlín al presentar The Walker, una interesante intriga de Paul Schrader en la que seguía mostrando su atractivo octogenario.

Sus últimas intervenciones fueron muy escogidas pero exquisitas, con nombres tan poco clásicos como Lars Von Trier (en Dogville y Manderlay), en un exquisito cortometraje dirigido por Natalie Portman (Eve). Y cuando en 2009 Hollywood le dio por fin el Óscar honorífico, solo dijo. «Por fin, ¡un hombre!»




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