Cabeza de familia

El padre de Chéjov era un hombre despótico, y obsesionado por el dinero, pero con inclinaciones artísticas. Le gustaba tocar el violín y, devoto como era, pintaba imágenes sagradas. Esa vena creativa la heredaron los hijos. Amaban el teatro y de niños, en Taganrog, representaban ante amigos y parientes las piezas que Antón escribía. Luego las cosas se torcieron.

La pobreza que los atenazó en Moscú influyó en los mayores, que se dieron a la bebida. Alexei, el primogénito, escribía y mandaba sus escritos a las revistas, que de vez en cuando los publicaban. El segundo, Nikolai, era pintor, pero su holgazonería y el vodka le estropearon el futuro. En cuanto a los que venían detrás, Iván estudió para maestro, María se dedicó a las labores de casa y Mijaíl era todavía un niño cuando, alrededor de 1880, Antón se convirtió en el cabeza de familia. Con un padre casi siempre borracho y una madre pusilánime, tomó las riendas del hogar. Por eso le vinieron tan bien los kopecs que obtenía con sus relatos.

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