Anne Marie Métailié: “El premio Nobel entierra al escritor”

Anne Marie Métailié tiene la cara culta y los ojos claros. Es delgada. Parece flexible pero también impaciente. “Yo soy una mujer muy agitada. Necesito ir cambiando de cosas, y andar entre unos libros y otros me lo permite. Es el mejor oficio para mí”. Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le entregaron el Reconocimiento al Mérito Editorial por su trayectoria de difusora de literatura en castellano y en portugués en Francia. Empezó en los 60 estudiando Ciencias Políticas en un instituto especializado de París y al mismo tiempo literatura española y portuguesa en la Sorbona. Luego trabajó como “ingeniera en investigación sociológica” con Alain Touraine y con Pierre Bourdieu.

–¿La impresionaba Bourdieu?

–Sí. Era un genio exigente que podía ser simpático pero también muy desagradable.

Con él hizo un trabajo sobre las funciones del editor “en el campo intelectual”. Y entrevistando a editores descubrió que ese sería el oficio adecuado para sus índices de agitación. Fundó su editorial, Métailié, en 1979. Diez años antes había empezado a viajar por América Latina. En la Sorbona había hecho un doctorado sobre Literatura y Revolución en Cuba. “Fue horrible. Todo aquello era ilegible”. Formó parte de un grupúsculo marxista parisino. “Éramos pocos, pero muy sectarios”. Sonríe. Dice que usaban un lenguaje al que en Francia le llaman langue de bois: “Consiste en hablar sin decir nada con fórmulas sintácticas rígidas”.

–¿Era inútil lo que hacían?

–¡No! ­–se molesta de broma–. Estábamos haciendo la revolución.

Nunca se decidió a vivir en América Latina. “Es la patria de mi corazón. Mis amigos más queridos son latinoamericanos, tengo ahijados en América Latina. Vivo en París. Pensé en vivir aquí, pero no. Tengo mi editorial en Francia y mi papel permitiendo leer en Francia libros que no sean estadounidenses es lo más importante de mi trabajo. No soporto este dominio cultural, esta invasión de lo norteamericano. Si viviese aquí, podría ser en México, pero cuando oigo lo que acontece ahora con esta corrupción generalizada, no me apetece”. De América le gusta la riqueza del idioma y el calor de las relaciones: “Tiernas, sencillas”, que compara con las francesas: “Rígidas, cuadradas”. Métailié ha publicado en francés a escritores como Luis Sepúlveda, José Saramago, Antonio Lobo Antunes o Leonardo Padura. Habla bien español y portugués, tanto como para editar a sus autores en esas lenguas. El italiano sólo lo maneja “después de beber dos vasos de vino” y con el inglés mantiene “la lucha”.

Padura.

“Yo lo vi crecer literariamente”, dice. “Cuando empezó con su serie de novela negra era bueno, pero era bueno. Ahora no es bueno. Ahora es Padura. Un gran escritor que se confronta con temas fuertes, esenciales, y lo hace utilizando todos los trucos que le ha enseñado la novela negra. Él sabe atrapar al lector para llevarlo a pensar”. En el horizonte no ve claro un nuevo premio Nobel para América Latina. Tampoco le apetece. “No entiendo los criterios del premio. Me parece una especie de entierro. Te cristaliza. Vendes por el mundo entero, pero no me parece muy importante”. De la literatura latinoamericana actual dice: “Hay cosas comunes en las generaciones jóvenes de escritores, una serie de temas que cruzan todo el continente. Las formas son más cortas, es una literatura muy joven, con preocupaciones jóvenes y psicológicas, historias de amor… Tengo la impresión de leer las mismas historias de Norte a Sur. Pero supongo que irán desarrollándose, siendo más originales cuando crezcan”.

Distingue entre “libros de cultura” y “libros de divertimento”. Defiende que el primer concepto de libro se proteja frente al segundo: “El libro como material de cultura frente a la mercancía que no dura y que tienes que renovar siempre, y que no importa”. Cuando entra en calor hablando del oficio que la templa deja de parecer una mujer impaciente. Ya no da la sensación de que pueda levantarse de la silla en cualquier momento para ir a hacer otra cosa. Dice que los libros, los que a ella le importan, “necesitan tiempo. Hay libros que se tarda años en vender. Eso es cultura”. Cuenta que en París, entre la jubilación de libreros y el aumento de las rentas, en los últimos años ha habido librerías que se han transformado en tiendas de ropa. Para frenar eso y que haya continuidad, la asociación de editores a la que pertenece ayuda a jóvenes libreros a financiar las rentas. “Porque si no los centros de las ciudades se vuelven Zara y tiendas iguales en todos los sitios. Se trata de que las librerías ayuden también a que las ciudades se conviertan en ciudades de cultura”. Sobre la situación del libro en América Latina: “Es dispar. Argentina tiene una gran concentración de librerías en Buenos Aires y las provincias son pobres en librerías. En Chile, en todo el territorio nacional hay el mismo número de librerías que en Buenos Aires. En Brasil el transporte es muy caro y casi sólo se venden libros en las ciudades importantes. En México hay una supremacía de las grandes cadenas”.

Todo esto lo dice una de las dos primeras mujeres que fueron editoras en Francia. “La otra era Régine Deforges, que se dedicaba a la literatura erótica”. En el 79, cuando abrió su editorial, un día fue a ver al dueño del mejor taller gráfico de París. Un anciano de 85 años que se desplazaba por la ciudad en un Rolls Royce blanco. La acompañó su marido. Cuando llegaron, el señor del taller se dirigió al hombre para empezar a hablar de negocios, pero él le dijo: “Yo soy el chofer, la editora es mi esposa”. Entonces, el viejo del Rolls blanco llamó a su mujer: “Querida, haz el favor de atender a esta señorita”.

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